El padre la entregó a los temibles apaches solo porque nació albina… pero nadie sospechaba siquiera qué ocurriría en el momento en que ella cruzara por primera vez el umbral de su casa.
Lucía comprendió demasiado pronto que en su pequeño asentamiento la gente no perdona lo que le parece ajeno.

Su piel era casi transparente bajo el sol abrasador, y sus ojos claros parecían poco comunes e incluso aterradores para quienes en 1876 nunca habían visto a una persona con albinismo.
Eso bastó para que la gente empezara a evitar a la niña. En la plaza hablaban de ella en susurros, como de un mal presagio.
Unos la consideraban anunciadora de desgracias, otros una vergüenza de la que era mejor no hablar en voz alta. Las mujeres se santiguaban cuando ella pasaba. Los niños repetían rumores crueles sin entender su significado.
Y su padre, Joaquín, miraba a su hija
como si fuera una pesada carga de la que no podía librarse de ninguna manera.
Cuando la madre falló, Lucía era todavía una niña, y la casa perdió definitivamente todo el calor. El padre rara vez levantaba la mano contra ella, pero su indiferencia hería no menos.
Respondía con un silencio frío, evitaba su mirada y con todo su comportamiento daba a entender: la vida podría haber sido mucho más fácil si ella no hubiera nacido.
Lucía aprendió pronto a no esperar nada. El único consuelo fueron los libros que su madre había escondido antaño en un viejo baúl.
La muchacha los leía a escondidas, a veces escribía breves notas, como si hablara consigo misma. En aquellas páginas podía ser cualquiera, menos el error que los demás creían ver en ella.
Sin embargo, las dificultades de Joaquín no se limitaban a la aversión hacia su hija. Debía una gran suma
Decidió entregar a Lucía.
La decisión se tomó sin ella. Joaquín, Vicente y el sacerdote local, el padre Esteban, se pusieron rápidamente de acuerdo. Su plan parecía sencillo y cómodo: Lucía, la muchacha albina que en el pueblo ya era evitada, se casaría con Nantan, un apache que vivía en las colinas cercanas, y este saldaría las deudas de Joaquín.
Su nombre provocaba miedo desde hacía años. La gente hablaba de él como de un salvaje, un bandido peligroso. Las historias se multiplicaban, pero ya nadie intentaba comprender cuántas verdades había en ellas.
Lucía se enteró de la boda inminente tarde por la
— En una semana te casas.
Lucía levantó lentamente los ojos del libro.
— ¿Con quién?
— Con el apache.
La palabra sonó pesada. En el primer instante pensó en huir, luego en protestar, en gritar. Pero casi de inmediato comprendió: no tenía adónde ir. En un mundo donde una mujer sola no significa nada, esos intentos terminan rápido y mal. Aun así, miró a su padre directamente.
— ¿Cuánto has recibido por mí?
Joaquín guardó silencio. Y ese silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
Los siguientes días se convirtieron en una preparación extraña y humillante. Le dieron vestidos viejos, le leyeron exhortaciones sin sentido, la obligaron a escuchar oraciones.
El padre Esteban aseguraba que era la voluntad de Dios. Vicente Salazar parecía satisfecho, como si hubiera cerrado un negocio ventajoso.
Nadie preguntab
La boda fue corta e incómoda. Sin flores, sin música, solo unas pocas personas que observaban lo que ocurría con curiosidad y alivio, como si fueran testigos de cómo desaparecía el problema ajeno.
Fue precisamente allí donde Lucía vio por primera vez a Nantan. Estaba de pie junto a ella: alto, silencioso, con una trenza oscura que le caía por la espalda.

0 commentaires:
Enregistrer un commentaire